martes, 1 de marzo de 2016
Tears
Day 3 : Variation to practice English
To me, it is important to cry constantly, at least once a month. Don't ask me why. I think it has always been a part of me.
There was a time in which I cried all the time, every day, out of sadness. It was my attempt to empty myself from emptiness. I'm not empty anymore.
My tears have somehow grown old. They taste different. They've changed.
You never cry. Surprisingly, you've brought up a different type of tears from me. You, the dry-eyed angel, taught me to cry happiness. Tears of joy are sweet and soft and warm. I'll always thank you for it.
I know you wish you understood my constant need to unload my heart. I know you accept my habit even when it hurts.
Sometimes, I can't explain myself and at times you can't make sense of it. I think you never know what's coming. My explanations go from, "I'm crying because my heart is so full of love that it is pouring out" to "I just feel like crying myself to sleep."
Crying to me means metamorphosis. Lately, I've been changing a lot. And it happens rapidly. It feels like one day it suddenly hits me that I am a different version of myself. One day I wake up and realize I just don´t know what I am doing. Then I'm sitting in front of the screen, actually working and feeling proud of myself. And at some point I find myself craving for us to have a baby or a house or a trip to Europe or none of those. And these moments change who I am, and they take me by surprise. So I cry. I cry because with each tear I let go a part of me and I embrace my new self. I shed my skin, in a way.
I might always be this wet and salty creature. Or maybe tears will run out one day. But I don't regret it. Crying is a way of growing up, of becoming a better person and of letting me be me. Anyway, I'm glad I married you, my dry, loving, tender-hearted angel.
miércoles, 10 de febrero de 2016
Ininteligibilidad
Writing Challenge
Día 2
Escribe sobre un personaje que haya perdido algo importante
La señora Leblanc nunca llega tarde a desayunar. A las 7:22 sale de su habitación y recorre el pasillo que separa los dormitorios del comedor. A las 7:28 se sienta en la mesa de la esquina, coloca la servilleta en su regazo y le da un sorbo al café que el mesero, esperándola ya, ha servido en la taza de porcelana.
No hay día en que la señora se desvíe de su rutina. "Uno debe de tener un plan si ha de seguir cuerdo", dice a su amiga Mónica ".Si quieres que hable contigo, debes estar aquí a las 10:30. Ni un minuto después".
La señora Leblanc pasa el resto de la mañana paseando por el jardín. Ocasionalmente se sienta cerca de las jardineras y recita en voz baja uno o dos poemas que aprendió cuando era joven.
Al medio día, regresa a su habitación. Saca de su armario tres cajas de madera y las coloca sobre la mesa, perfectamente alineadas.
Abre la primera, la que tiene unas aves pintadas en la tapa. Está llena de recuerdos de antaño. Hay varios broches de cabello, un par de guantes de seda azul, una botellita de perfume vacía y dos boletos de tren. Mira cada objeto. Lo huele. Lo sostiene en sus manos y lo regresa a su sitio. Cuando termina, toma su sombrero y se dirije al jardín para comer con Juan.
Juan le agrada. Nunca llega tarde.
Los lunes y los jueves tiene taller de manualidades. Esta semana están pintando un cuadro. Ha sido difícil. Muchos de los asistentes no recuerdan cuál es su cuadro al día siguiente. Hay algunas lágrimas y a veces peleas. No ha sido la mejor idea que ha tenido la administración. La señora Leblanc, sin embargo, tiene cosas más importantes en qué ocupar la mente, por lo que está dispuesta a continuar cualquier cuadro que le pongan en frente.
Hoy, no es ni lunes ni jueves. Hoy es viernes; día de lectura dramatizada. La lectura se hace en español, claro. La señora Leblanc ha sugerido varias veces que la lectura se haga en francés, pero nadie le hace caso, "Debes dejar de insistir", le ha dicho la enfermera, en repetidas ocasiones.
En la caja de enmedio hay fotografías. Ella en el campo con Louise. Las dos niñas montadas en un caballo. Una cabaña junto a un arrollo. Y él, por supuesto, con su sonrisa de siempre. Encantador.
Las manos de la señora Leblanc tiemblan conforme se acercan a la última caja. En el interior hay una carta. El papel es viejo y pareciera estar a punto de romperse. Desdobla cuidadosamente la hoja y acaricia las palabras lentamente con sus dedos torcidos y arrugados.
Lee. Vuelve a leer.
Los ojos se le llenan de lágrimas. La desesperación se apodera de ella. Los gemidos se vuelven incontrolables.
La rutina diaria tampoco ha funcionado esta vez. Los nombres de los objetos en la caja no cambiaron: seda, guantes, broches. Las memorias evocadas por las fotografías pasaron por su mente como película muda. Las palabras de la carta le resultan ininteligibles.
Mon chérie... C´est la dernière fois que je t´écris... N' oublie pas ce que je dis... Garde nos mémoires...
Lo ha olvidado. No recuerda. Las palabras no son más que trazos sin sentido que no evocan sino silencio.
Varias veces le han traducido la carta. Pero ella sabe que no es lo mismo. No se siente como se sintió aquella vez que la leyó por primera vez, justo tras la muerte Frank. El español suena vacío, irreal. Algo falta. Una parte de ella se perdió cuando despertó aquella mañana en la que su lengua nativa se borró de su memoria. De repente, toda conexión significativa con las personas en su pasado y con sus pensamientos más íntimos dejó de existir.
El día termina con lágrimas y pastillas tranquilizantes.
La señora Leblanc ha perdido la batalla una vez más. Poco a poco su respiración se calma.
Se va quedando dormida mientras piensa que tal vez mañana, si lo intenta con más fuerzas, algún objeto tendrá nombre en francés.
En la caja de enmedio hay fotografías. Ella en el campo con Louise. Las dos niñas montadas en un caballo. Una cabaña junto a un arrollo. Y él, por supuesto, con su sonrisa de siempre. Encantador.
Las manos de la señora Leblanc tiemblan conforme se acercan a la última caja. En el interior hay una carta. El papel es viejo y pareciera estar a punto de romperse. Desdobla cuidadosamente la hoja y acaricia las palabras lentamente con sus dedos torcidos y arrugados.
Lee. Vuelve a leer.
Los ojos se le llenan de lágrimas. La desesperación se apodera de ella. Los gemidos se vuelven incontrolables.
La rutina diaria tampoco ha funcionado esta vez. Los nombres de los objetos en la caja no cambiaron: seda, guantes, broches. Las memorias evocadas por las fotografías pasaron por su mente como película muda. Las palabras de la carta le resultan ininteligibles.
Mon chérie... C´est la dernière fois que je t´écris... N' oublie pas ce que je dis... Garde nos mémoires...
Lo ha olvidado. No recuerda. Las palabras no son más que trazos sin sentido que no evocan sino silencio.
Varias veces le han traducido la carta. Pero ella sabe que no es lo mismo. No se siente como se sintió aquella vez que la leyó por primera vez, justo tras la muerte Frank. El español suena vacío, irreal. Algo falta. Una parte de ella se perdió cuando despertó aquella mañana en la que su lengua nativa se borró de su memoria. De repente, toda conexión significativa con las personas en su pasado y con sus pensamientos más íntimos dejó de existir.
El día termina con lágrimas y pastillas tranquilizantes.
La señora Leblanc ha perdido la batalla una vez más. Poco a poco su respiración se calma.
Se va quedando dormida mientras piensa que tal vez mañana, si lo intenta con más fuerzas, algún objeto tendrá nombre en francés.
jueves, 4 de febrero de 2016
Misiva
Writing Challenge
Día 1
Es verdad que la esperanza muere al último; pero no es para alegrarse. Las personas suelen decir eso cuando todo parece perdido para evitar perder el ánimo. Como si esperar lo suficiente fuese a traer algo mejor en el futuro.
Se equivocan. La esperanza se consume vez tras vez. Pero basta una chispa pequeña, una palabra, algo de tiempo, una imagen difusa y la esperanza se reconstruye. Está hecha de andrajos y limosnas. Se rehúsa a morir.
Te pido ahora que tengas compasión y mates de una buena vez cualquier resquicio de esperanza que llegue a tus manos junto con esta misiva.
Día 1
Utiliza la última frase de algún libro como la línea inicial
de una historia.
En este instante experimento que nuestra razón, tan
insuficiente para prevenir nuestras desgracias, lo es todavía más para
consolarnos después.*
Y aunque las razones estén de más, te escribo esta carta.
Es verdad que la esperanza muere al último; pero no es para alegrarse. Las personas suelen decir eso cuando todo parece perdido para evitar perder el ánimo. Como si esperar lo suficiente fuese a traer algo mejor en el futuro.
Se equivocan. La esperanza se consume vez tras vez. Pero basta una chispa pequeña, una palabra, algo de tiempo, una imagen difusa y la esperanza se reconstruye. Está hecha de andrajos y limosnas. Se rehúsa a morir.
Eso es tortura. Un día parece que ya no queda más, que la
vida ha cambiado para siempre. Uno se dice que ahora las cosas serán distintas,
que habrá que comenzar nuevamente… pero entonces algo pasa y a la mañana
siguiente la esperanza vuelve a aparecer derrumbando la posibilidad de dejar el
asunto atrás.
.
.
Es esa misma tortura la que me lleva a escribirte y a
pedirte —aunque
no sé si es algo que una persona pueda pedirle a otra —que me mires. No quiero
que me acaricies con los ojos cerrados. Quiero que me duela la piel de tanto
que la miras. Quiero ser una obra de arte. No quiero que me veas, no. Quiero
que me contemples. Debes memorizarme.
Vengo a pedirte que me beses casi clandestinamente, que conviertas en
ilícito lo permitido. Vengo a pedirte que enloquezcas. Vengo a pedirte que te
enamores de mí.
Discúlpame si he pedido algo incomprensible. Pero es esta esperanza
loca de que es posible evitar caer en el pozo de lo inevitable. Que se puede
ser diferente. Que se puede burlar al tiempo.
Te pido ahora que tengas compasión y mates de una buena vez cualquier resquicio de esperanza que llegue a tus manos junto con esta misiva.
Por siempre tuya..
*Frase tomada del libro "Las amistades peligrosas"de Pierre Choderlos de Laclos.
jueves, 4 de abril de 2013
El sombrero
Cuando Alicia tenía 21 años, recordó un sueño que tuvo alguna vez: siendo una niña pequeña se había caído dentro de una madriguera al perseguir a un conejo blanco que miraba angustiado su reloj murmurando: «¡Se hace tarde!». La caída fue larga, por lo que durante su descenso pudo repasar sus clases de geografía y hasta soñar que Dina, su gato, se comía un murciélago. Se preguntó cómo sería la gente con la que se toparía abajo y se imaginó a sí misma haciendo preguntas tontas a personas de otra dimensión. A ratos, le pareció que la caída no terminaría jamás, pero con el tiempo llegó al suelo.
Ahora Alicia no podía acordarse muy bien del resto del sueño; tenía en su memoria imágenes de una mujer odiosa y sanguinaria, de un gran sombrero y algo acerca de un cuervo y un escritorio.
Pensando en estas cosas, se quedó dormida. Cuando abrió los ojos, se encontró a sí misma en un lugar vagamente familiar; el cielo estaba lleno de estrellas enormes que no se parecían a las que se ven desde la tierra. Un zumbido constante se escuchaba a lo lejos, como si lo rodeara todo. A Alicia se le ocurrió que tal vez estaba escuchando el sonido emitido por púlsar o por las estrellas... tal vez estaba escuchando la luz. Sin pensarlo demasiado, decidió avanzar junto con el zumbido —pues le parecía que el ruido avanzaba — y dejarse llevar por la imaginación. Sentía como si su trayectoria estuviera predefinida por alguna especie de fuerza que la impulsaba hacia adelante.
Conforme avanzaba, le parecía que el tiempo iba cada vez más lento. De repente, comenzó a caer. Esta vez estaba segura: el tiempo iba más lento.
Después de varias horas, pensó que si se movía lo suficientemente rápido podría escapar. Cambió de posición, intentó impulsarse hacia abajo, detenerse de algo... pero no había hacia dónde avanzar ni de qué sostenerse. Si hubiera puesto atención a sus lecciones, probablemente entendería que acababa de traspasar el horizonte de sucesos o recordaría la fórmula para deducir la velocidad de escape necesaria para burlar la atracción gravitatoria; tal vez sabría que después de traspasar el horizonte, no hay más suceso que caer. Incluso hubiera podido evitar la penosa circunstancia de estar sumida en un sueño del que no despertaría jamás.
Ahora Alicia no podía acordarse muy bien del resto del sueño; tenía en su memoria imágenes de una mujer odiosa y sanguinaria, de un gran sombrero y algo acerca de un cuervo y un escritorio.
Pensando en estas cosas, se quedó dormida. Cuando abrió los ojos, se encontró a sí misma en un lugar vagamente familiar; el cielo estaba lleno de estrellas enormes que no se parecían a las que se ven desde la tierra. Un zumbido constante se escuchaba a lo lejos, como si lo rodeara todo. A Alicia se le ocurrió que tal vez estaba escuchando el sonido emitido por púlsar o por las estrellas... tal vez estaba escuchando la luz. Sin pensarlo demasiado, decidió avanzar junto con el zumbido —pues le parecía que el ruido avanzaba — y dejarse llevar por la imaginación. Sentía como si su trayectoria estuviera predefinida por alguna especie de fuerza que la impulsaba hacia adelante.
Conforme avanzaba, le parecía que el tiempo iba cada vez más lento. De repente, comenzó a caer. Esta vez estaba segura: el tiempo iba más lento.
Después de varias horas, pensó que si se movía lo suficientemente rápido podría escapar. Cambió de posición, intentó impulsarse hacia abajo, detenerse de algo... pero no había hacia dónde avanzar ni de qué sostenerse. Si hubiera puesto atención a sus lecciones, probablemente entendería que acababa de traspasar el horizonte de sucesos o recordaría la fórmula para deducir la velocidad de escape necesaria para burlar la atracción gravitatoria; tal vez sabría que después de traspasar el horizonte, no hay más suceso que caer. Incluso hubiera podido evitar la penosa circunstancia de estar sumida en un sueño del que no despertaría jamás.
lunes, 1 de abril de 2013
miércoles, 6 de marzo de 2013
Yugo desigual
Este es un cronopio*... bueno, más bien un fama*. No, no; quiero decir que en realidad es un cronopio que por poco se vuelve fama, o mejor dicho: por poco y no es cronopio. Cosa de genes, supongo.
En fin, este cronopio sufre porque sospecha que su pareja es una fama, y aunque no lo sabe a ciencia cierta, no se atreve a preguntar por miedo a herir sentimientos.
Puesto que no es capaz de suprimir su naturaleza, el cronopio escribe largas cartas y a veces libros enteros y los llena de palabras de amor. Después, le entrega sus creaciones a la fama: ella tarda un poco en abrir el sobre o la pasta del libro, pero cuando lo hace lee el contenido a una velocidad exorbitante muy característica de los famas que saben que el tiempo es muy valioso como para desperdiciarlo en nimiedades. Tal acción hiere un poco al cronopio que puso mucha atención en cada punto y cada tilde que salió de su pluma. Mientras tanto, la fama pierde detalles y matices y prosigue su lectura hasta el punto final, levanta la vista, sonríe y agradece.
El cronopio esperaba algo distinto: quizás una pequeña lágrima de alegría, un suspiro o un pestañeo que reflejara en el rostro de la fama algo de las emociones que su carta suscitó. Pero nada.
Tal vez, en el fondo, el cronopio no entiende que los famas no escriben cosas tan tontas como una carta ni pierden su tiempo leyendo nimiedades; tal vez espera que la fama se comporte como cronopio para poder danzar juntos recitando poemas al aire...
A veces la fama se da cuenta de que el cronopio está triste e intenta enmendar su conducta -aunque en realidad no entiende qué es lo que está haciendo mal- y por un día o dos sonríe un poco más. Al tercer día se aburre -o tal vez se le olvida- y vuelve a su estado natural sin mayor preocupación.
Por eso sufre el cronopio: todas las mañanas se levanta con la esperanza de encontrar una carta en el correo porque no entiende que los famas nunca escriben cosas tan tontas como una carta, y peor aún, no entiende que los famas nunca serán cronopios.
*Historias de cronopios y de famas por Julio Cortázar
Este es un intertexto original utilizando los personajes que creó Julio Cortázar en sus historias de cronopios y de famas. Dichos personajes podrían haber sido adaptados para fines literarios.
En fin, este cronopio sufre porque sospecha que su pareja es una fama, y aunque no lo sabe a ciencia cierta, no se atreve a preguntar por miedo a herir sentimientos.
Puesto que no es capaz de suprimir su naturaleza, el cronopio escribe largas cartas y a veces libros enteros y los llena de palabras de amor. Después, le entrega sus creaciones a la fama: ella tarda un poco en abrir el sobre o la pasta del libro, pero cuando lo hace lee el contenido a una velocidad exorbitante muy característica de los famas que saben que el tiempo es muy valioso como para desperdiciarlo en nimiedades. Tal acción hiere un poco al cronopio que puso mucha atención en cada punto y cada tilde que salió de su pluma. Mientras tanto, la fama pierde detalles y matices y prosigue su lectura hasta el punto final, levanta la vista, sonríe y agradece.
El cronopio esperaba algo distinto: quizás una pequeña lágrima de alegría, un suspiro o un pestañeo que reflejara en el rostro de la fama algo de las emociones que su carta suscitó. Pero nada.
Tal vez, en el fondo, el cronopio no entiende que los famas no escriben cosas tan tontas como una carta ni pierden su tiempo leyendo nimiedades; tal vez espera que la fama se comporte como cronopio para poder danzar juntos recitando poemas al aire...
A veces la fama se da cuenta de que el cronopio está triste e intenta enmendar su conducta -aunque en realidad no entiende qué es lo que está haciendo mal- y por un día o dos sonríe un poco más. Al tercer día se aburre -o tal vez se le olvida- y vuelve a su estado natural sin mayor preocupación.
Por eso sufre el cronopio: todas las mañanas se levanta con la esperanza de encontrar una carta en el correo porque no entiende que los famas nunca escriben cosas tan tontas como una carta, y peor aún, no entiende que los famas nunca serán cronopios.
***
*Historias de cronopios y de famas por Julio Cortázar
Este es un intertexto original utilizando los personajes que creó Julio Cortázar en sus historias de cronopios y de famas. Dichos personajes podrían haber sido adaptados para fines literarios.
viernes, 15 de febrero de 2013
Páginas
"No sin alguna lógica amargura pienso que las palabras esenciales que me expresan están en esas hojas que no saben quién soy".
-Jorge Luis Borges
-Jorge Luis Borges
viernes, 23 de noviembre de 2012
Espero curarme de ti
Jaime Sabines
Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de
fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible.
Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me
receto tiempo, abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana?
No es mucho, mi es poco, es bastante. En una
semana se pueden reunir todas las palabras de amor
que se han pronunciado sobre la tierra y se les
puede prender fuego. Te voy a calentar con esa
hoguera del amor quemado. Y también el silencio.
Porque las mejores palabras del amor están están entre dos
gentes que no se dicen nada.
Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y
subversivo del que ama. (Tú saber cómo te digo que
te quiero cuando digo: "qué calor hace", "dame
agua", "¿sabes manejar?,"se hizo de noche"... Entre
las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he
dicho "ya es tarde", y tú sabías que decía "te
quiero".)
Una semana más para reunir todo el amor del
tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú
quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No
sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para
entender las cosas. Porque esto es muy parecido a
estar saliendo de un manicomio para entrar a un
panteón.
Jaime Sabines
Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de
fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible.
Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me
receto tiempo, abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana?
No es mucho, mi es poco, es bastante. En una
semana se pueden reunir todas las palabras de amor
que se han pronunciado sobre la tierra y se les
puede prender fuego. Te voy a calentar con esa
hoguera del amor quemado. Y también el silencio.
Porque las mejores palabras del amor están están entre dos
gentes que no se dicen nada.
Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y
subversivo del que ama. (Tú saber cómo te digo que
te quiero cuando digo: "qué calor hace", "dame
agua", "¿sabes manejar?,"se hizo de noche"... Entre
las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he
dicho "ya es tarde", y tú sabías que decía "te
quiero".)
Una semana más para reunir todo el amor del
tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú
quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No
sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para
entender las cosas. Porque esto es muy parecido a
estar saliendo de un manicomio para entrar a un
panteón.
domingo, 21 de octubre de 2012
Casa de empeño
Hoy decidí empeñar el anhelo, no creo que me den mucho, pues ya está roto y ha sido remendado varias veces. En ocasiones hasta se me derrumba...
Necesito hacer reparaciones urgentes porque me caen pedazos de sueños desde el techo.
Se desmorona la ilusión del porvenir y se escurre entre los dedos cual arena el tiempo que me resta para volar. No hay alas, no. Todas son demasiado caras y yo no tengo buen historial crediticio.
Hay goteras por las que se filtra la decepción; la casa está llena de charcos, qué digo charcos, lagunas.
Escapar, ni pensarlo. Para eso también se necesita dinero.
No existen vías alternas: todos los caminos llevan a Roma.
jueves, 11 de octubre de 2012
Decirte
Si pudiera, te lo diría.
Te diría que te has vuelto la sombra que camina a mi lado, la luz que se apaga y el sueño que se me encima. Te has vuelto la necesidad de piel, de brazos, de miradas.
Te lo diría: que eres lo que no fuiste, lo que yo no seré jamás, lo que seremos juntos.
Te diría que te has vuelto miedo; te has vuelto cielo; te has vuelto llanto, deseo.
También te diría cuando corre la sangre, cuando muero y cuando vivo. Te diría de aquellas veces en que no te puedo.
Te diría que sin tenerte, algunas veces te tengo.
Y se me llenan de lágrimas los ojos y se me entume la razón, y sé que debo decirte [a mordidas, en silencio, sin piedad] que te amo.
jueves, 4 de octubre de 2012
De la vista gorda
Siento que te me escapas.
No, más bien se me escapa la oportunidad de expresarme, de decirte que no.
Me traes y me llevas, de arriba a abajo, de ida y de regreso
y no me dejas tomar una decisión.
No es que hables demasiado, es que no dices nada.
Yo y mis estúpidas ganas de dejarme llevar.
No, más bien se me escapa la oportunidad de expresarme, de decirte que no.
Me traes y me llevas, de arriba a abajo, de ida y de regreso
y no me dejas tomar una decisión.
No es que hables demasiado, es que no dices nada.
Yo y mis estúpidas ganas de dejarme llevar.
sábado, 22 de septiembre de 2012
Imposibilidades
"Creo que no te quiero, que solamente quiero la imposibilidad tan obvia de quererte. Como el guante izquierdo enamorado de la mano derecha."
-Cortázar
miércoles, 19 de septiembre de 2012
Errores
Puede que te vayas. Puede. No lo sé.
Si te vas, te irás sin irte; no voy a renunciar a las cosas tuyas que hay en mí.
No te llevarás la música ni los olores, ni los fragmentos que de ti llevo en la piel.
Ahora lo sé: hay errores que cortan alas. La vida nos da un castigo peor que la muerte.
Los fantasmas de mis errores aún respiran, se mueven, y me arrancan las alas segundo a segundo, esas que
un día me llevaron hasta donde estabas tú.
viernes, 7 de septiembre de 2012
Una sombra
Eres de quien no me acuerdo durante las horas solitarias. No pienso en ti cuando el mundo se queda en silencio.
Te vas cuando no soportas más mi presencia de cercanía lejana, te levantas y atraviesas la puerta; la buscas a ella, a ellas, a las musas inexistentes, disfrazadas. Cuando vuelves me miras de soslayo, resignado, como preguntándote qué pienso. Desearías saber cuántas señales he captado. Las he leído todas, pero me he asegurado de que sepas que no las conservo. Ellas salen de ti y yo las dejo seguir su curso, que se estampen contra la pared, que alguien más las recoja. Yo no las quiero.
Si hubiera sido antes, cuando yo era un poco más egoísta, tal vez... Pero no hubiera sido a tu manera, ni por tu bien, ni por las buenas...
viernes, 17 de agosto de 2012
Revelación
Le tengo miedo a las palabras. Ahora lo sé.
Siempre he tenido miedo. Y eso es lo que me detiene.
Que yo quién soy y que quién eres tú.
Las consecuencias, el trasfondo, la espera...
Que yo quién soy y que quién eres tú.
Las consecuencias, el trasfondo, la espera...
jueves, 16 de agosto de 2012
miércoles, 15 de agosto de 2012
Universos
Tu y yo nos miramos, de vez en cuando, por encima de la barda intangible que separa nuestros universos.
Vamos llenando el aire de preguntas. Se siente en la punta de los dedos el anhelo de poseer pedazos del otro, de adueñarnos de ese no se qué que nos parece tan interesante, de fundir los cerebros, de mezclar nuestros sentidos.
Ninguno cruzará la línea. Por eso nos miramos, de vez en cuando, por encima de la barda intangible que separa nuestros universos.
Tal vez en otra vida, si tú no fueras tú y si yo no fuera yo, seríamos uno mismo, convirtiéndonos quizás en la barda que separa el universo de alguien más.
Ninguno cruzará la línea. Por eso nos miramos, de vez en cuando, por encima de la barda intangible que separa nuestros universos.
Tal vez en otra vida, si tú no fueras tú y si yo no fuera yo, seríamos uno mismo, convirtiéndonos quizás en la barda que separa el universo de alguien más.
lunes, 6 de agosto de 2012
La chica rosas
Allí va ella. Está cruzando la calle Bajío.
El muchacho del puesto de dulces la señala y le dice a su hermana que mire.
Los comensales interrumpen su comida corrida de tres tiempos para ver a la chica rosas.
Lleva cargando un arreglo con 20 rosas acomodadas en una base de cristal. Camina contenta, sonriente.
Le alarga con dificultad tres pesos a la señora que atiende la taquilla y entra en el vagón del metro y se aferra al tubo como puede.
Allí va, la mira el viene viene y el que vende cacahuates en el camión. Suelta otros tres pesos.
No alcanza a tocar el timbre de bajada y camina hacia el frente para pedirle al conductor que se detenga en el puente. Se tambalea un poco en las escaleras seguida por las miradas de una viejita y un niño escandaloso que ahora se ha quedado callado.
Allí va, sintiéndose flor, sintiéndose amada.
Camina contenta, sonriente, la chica rosas.
domingo, 5 de agosto de 2012
Sin título
Cierro la puerta tras de mí. Tú caminas hacia tu auto. Ninguno mira hacia atrás.
Tu arrancas el motor. Yo subo las escaleras.
Te vas. Me quedo.
Ya lo hemos hablado. Que no falta tanto, que esperamos que suceda, que vamos a ser fuertes.
Yo lo sé.
Pero siempre queda entre tú y yo un hilo transparente que se estira y se estira.
Queda un sabor agridulce, un perfume, un cosquilleo en la piel.
Queda también una sensación de vacío; un hueco que en realidad no existe, pero que exige ser llenado.
Tu arrancas el motor. Yo subo las escaleras.
Te vas. Me quedo.
Ya lo hemos hablado. Que no falta tanto, que esperamos que suceda, que vamos a ser fuertes.
Yo lo sé.
Pero siempre queda entre tú y yo un hilo transparente que se estira y se estira.
Queda un sabor agridulce, un perfume, un cosquilleo en la piel.
Queda también una sensación de vacío; un hueco que en realidad no existe, pero que exige ser llenado.
viernes, 3 de agosto de 2012
Ser
No podría decirlo con certeza. No sé si soy inestable, ingenua o peligrosa.
Tal vez soy las tres cosas.
Tal vez no soy ninguna.
Tal vez soy las tres cosas.
Tal vez no soy ninguna.
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