Día 1
Utiliza la última frase de algún libro como la línea inicial
de una historia.
En este instante experimento que nuestra razón, tan
insuficiente para prevenir nuestras desgracias, lo es todavía más para
consolarnos después.*
Y aunque las razones estén de más, te escribo esta carta.
Es verdad que la esperanza muere al último; pero no es para alegrarse. Las personas suelen decir eso cuando todo parece perdido para evitar perder el ánimo. Como si esperar lo suficiente fuese a traer algo mejor en el futuro.
Se equivocan. La esperanza se consume vez tras vez. Pero basta una chispa pequeña, una palabra, algo de tiempo, una imagen difusa y la esperanza se reconstruye. Está hecha de andrajos y limosnas. Se rehúsa a morir.
Eso es tortura. Un día parece que ya no queda más, que la
vida ha cambiado para siempre. Uno se dice que ahora las cosas serán distintas,
que habrá que comenzar nuevamente… pero entonces algo pasa y a la mañana
siguiente la esperanza vuelve a aparecer derrumbando la posibilidad de dejar el
asunto atrás.
.
.
Es esa misma tortura la que me lleva a escribirte y a
pedirte —aunque
no sé si es algo que una persona pueda pedirle a otra —que me mires. No quiero
que me acaricies con los ojos cerrados. Quiero que me duela la piel de tanto
que la miras. Quiero ser una obra de arte. No quiero que me veas, no. Quiero
que me contemples. Debes memorizarme.
Vengo a pedirte que me beses casi clandestinamente, que conviertas en
ilícito lo permitido. Vengo a pedirte que enloquezcas. Vengo a pedirte que te
enamores de mí.
Discúlpame si he pedido algo incomprensible. Pero es esta esperanza
loca de que es posible evitar caer en el pozo de lo inevitable. Que se puede
ser diferente. Que se puede burlar al tiempo.
Te pido ahora que tengas compasión y mates de una buena vez cualquier resquicio de esperanza que llegue a tus manos junto con esta misiva.
Por siempre tuya..
*Frase tomada del libro "Las amistades peligrosas"de Pierre Choderlos de Laclos.
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