Día 2
Escribe sobre un personaje que haya perdido algo importante
La señora Leblanc nunca llega tarde a desayunar. A las 7:22 sale de su habitación y recorre el pasillo que separa los dormitorios del comedor. A las 7:28 se sienta en la mesa de la esquina, coloca la servilleta en su regazo y le da un sorbo al café que el mesero, esperándola ya, ha servido en la taza de porcelana.
No hay día en que la señora se desvíe de su rutina. "Uno debe de tener un plan si ha de seguir cuerdo", dice a su amiga Mónica ".Si quieres que hable contigo, debes estar aquí a las 10:30. Ni un minuto después".
La señora Leblanc pasa el resto de la mañana paseando por el jardín. Ocasionalmente se sienta cerca de las jardineras y recita en voz baja uno o dos poemas que aprendió cuando era joven.
Al medio día, regresa a su habitación. Saca de su armario tres cajas de madera y las coloca sobre la mesa, perfectamente alineadas.
Abre la primera, la que tiene unas aves pintadas en la tapa. Está llena de recuerdos de antaño. Hay varios broches de cabello, un par de guantes de seda azul, una botellita de perfume vacía y dos boletos de tren. Mira cada objeto. Lo huele. Lo sostiene en sus manos y lo regresa a su sitio. Cuando termina, toma su sombrero y se dirije al jardín para comer con Juan.
Juan le agrada. Nunca llega tarde.
Los lunes y los jueves tiene taller de manualidades. Esta semana están pintando un cuadro. Ha sido difícil. Muchos de los asistentes no recuerdan cuál es su cuadro al día siguiente. Hay algunas lágrimas y a veces peleas. No ha sido la mejor idea que ha tenido la administración. La señora Leblanc, sin embargo, tiene cosas más importantes en qué ocupar la mente, por lo que está dispuesta a continuar cualquier cuadro que le pongan en frente.
Hoy, no es ni lunes ni jueves. Hoy es viernes; día de lectura dramatizada. La lectura se hace en español, claro. La señora Leblanc ha sugerido varias veces que la lectura se haga en francés, pero nadie le hace caso, "Debes dejar de insistir", le ha dicho la enfermera, en repetidas ocasiones.
En la caja de enmedio hay fotografías. Ella en el campo con Louise. Las dos niñas montadas en un caballo. Una cabaña junto a un arrollo. Y él, por supuesto, con su sonrisa de siempre. Encantador.
Las manos de la señora Leblanc tiemblan conforme se acercan a la última caja. En el interior hay una carta. El papel es viejo y pareciera estar a punto de romperse. Desdobla cuidadosamente la hoja y acaricia las palabras lentamente con sus dedos torcidos y arrugados.
Lee. Vuelve a leer.
Los ojos se le llenan de lágrimas. La desesperación se apodera de ella. Los gemidos se vuelven incontrolables.
La rutina diaria tampoco ha funcionado esta vez. Los nombres de los objetos en la caja no cambiaron: seda, guantes, broches. Las memorias evocadas por las fotografías pasaron por su mente como película muda. Las palabras de la carta le resultan ininteligibles.
Mon chérie... C´est la dernière fois que je t´écris... N' oublie pas ce que je dis... Garde nos mémoires...
Lo ha olvidado. No recuerda. Las palabras no son más que trazos sin sentido que no evocan sino silencio.
Varias veces le han traducido la carta. Pero ella sabe que no es lo mismo. No se siente como se sintió aquella vez que la leyó por primera vez, justo tras la muerte Frank. El español suena vacío, irreal. Algo falta. Una parte de ella se perdió cuando despertó aquella mañana en la que su lengua nativa se borró de su memoria. De repente, toda conexión significativa con las personas en su pasado y con sus pensamientos más íntimos dejó de existir.
El día termina con lágrimas y pastillas tranquilizantes.
La señora Leblanc ha perdido la batalla una vez más. Poco a poco su respiración se calma.
Se va quedando dormida mientras piensa que tal vez mañana, si lo intenta con más fuerzas, algún objeto tendrá nombre en francés.
En la caja de enmedio hay fotografías. Ella en el campo con Louise. Las dos niñas montadas en un caballo. Una cabaña junto a un arrollo. Y él, por supuesto, con su sonrisa de siempre. Encantador.
Las manos de la señora Leblanc tiemblan conforme se acercan a la última caja. En el interior hay una carta. El papel es viejo y pareciera estar a punto de romperse. Desdobla cuidadosamente la hoja y acaricia las palabras lentamente con sus dedos torcidos y arrugados.
Lee. Vuelve a leer.
Los ojos se le llenan de lágrimas. La desesperación se apodera de ella. Los gemidos se vuelven incontrolables.
La rutina diaria tampoco ha funcionado esta vez. Los nombres de los objetos en la caja no cambiaron: seda, guantes, broches. Las memorias evocadas por las fotografías pasaron por su mente como película muda. Las palabras de la carta le resultan ininteligibles.
Mon chérie... C´est la dernière fois que je t´écris... N' oublie pas ce que je dis... Garde nos mémoires...
Lo ha olvidado. No recuerda. Las palabras no son más que trazos sin sentido que no evocan sino silencio.
Varias veces le han traducido la carta. Pero ella sabe que no es lo mismo. No se siente como se sintió aquella vez que la leyó por primera vez, justo tras la muerte Frank. El español suena vacío, irreal. Algo falta. Una parte de ella se perdió cuando despertó aquella mañana en la que su lengua nativa se borró de su memoria. De repente, toda conexión significativa con las personas en su pasado y con sus pensamientos más íntimos dejó de existir.
El día termina con lágrimas y pastillas tranquilizantes.
La señora Leblanc ha perdido la batalla una vez más. Poco a poco su respiración se calma.
Se va quedando dormida mientras piensa que tal vez mañana, si lo intenta con más fuerzas, algún objeto tendrá nombre en francés.