jueves, 4 de abril de 2013

El sombrero

Cuando Alicia tenía 21 años, recordó un sueño que tuvo alguna vez: siendo una niña pequeña se había caído dentro de una madriguera al perseguir a un conejo blanco que miraba angustiado su reloj murmurando: «¡Se hace tarde!». La caída fue larga, por lo que durante su descenso pudo repasar sus clases de geografía y hasta soñar que Dina, su gato, se comía un murciélago. Se preguntó cómo sería la gente con la que se toparía abajo y se imaginó a sí misma haciendo preguntas tontas a personas de otra dimensión. A ratos, le pareció que la caída no terminaría jamás, pero con el tiempo llegó al suelo.

Ahora Alicia no podía acordarse muy bien del resto del sueño; tenía en su memoria imágenes de una mujer odiosa y sanguinaria, de un gran sombrero y algo acerca de un cuervo y un escritorio.
Pensando en estas cosas, se quedó dormida. Cuando abrió los ojos, se encontró a sí misma en un lugar vagamente familiar; el cielo estaba lleno de estrellas enormes que no se parecían a las que se ven desde la tierra. Un zumbido constante se escuchaba a lo lejos, como si lo rodeara todo. A Alicia se le ocurrió que tal vez estaba escuchando el sonido emitido por púlsar o por las estrellas... tal vez estaba escuchando la luz. Sin pensarlo demasiado, decidió avanzar junto con el zumbido —pues le parecía que el ruido avanzaba — y dejarse llevar por la imaginación. Sentía como si su trayectoria estuviera predefinida por alguna especie de fuerza que la impulsaba hacia adelante.

Conforme avanzaba, le parecía que el tiempo iba cada vez más lento. De repente, comenzó a caer. Esta vez estaba segura: el tiempo iba más lento.
Después de varias horas, pensó que si se movía lo suficientemente rápido podría escapar. Cambió de posición, intentó impulsarse hacia abajo, detenerse de algo... pero no había hacia dónde avanzar ni de qué sostenerse. Si hubiera puesto atención a sus lecciones, probablemente entendería que acababa de traspasar el horizonte de sucesos o recordaría la fórmula para deducir la velocidad de escape necesaria para burlar la atracción gravitatoria; tal vez sabría que después de traspasar el horizonte, no hay más suceso que caer. Incluso hubiera podido evitar la penosa circunstancia de estar sumida en un sueño del que no despertaría jamás.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Yugo desigual

Este es un cronopio*... bueno, más bien un fama*. No, no; quiero decir que en realidad es un cronopio que por poco se vuelve fama, o mejor dicho: por poco y no es cronopio. Cosa de genes, supongo.
En fin, este cronopio sufre porque sospecha que su pareja es una fama, y aunque no lo sabe a ciencia cierta, no se atreve a preguntar por miedo a herir sentimientos.

Puesto que no es capaz de suprimir su naturaleza, el cronopio escribe largas cartas y a veces libros enteros y los llena de palabras de amor. Después, le entrega sus creaciones a la fama: ella tarda un poco en abrir el sobre o la pasta del libro, pero cuando lo hace lee el contenido a una velocidad exorbitante muy característica de los famas que saben que el tiempo es muy valioso como para desperdiciarlo en nimiedades. Tal acción hiere un poco al cronopio que puso mucha atención en cada punto y cada tilde que salió de su pluma. Mientras tanto, la fama pierde detalles y matices y prosigue su lectura hasta el punto final, levanta la vista, sonríe y agradece.

El cronopio esperaba algo distinto: quizás una pequeña lágrima de alegría, un suspiro o un pestañeo que reflejara en el rostro de la fama algo de las emociones que su carta suscitó. Pero nada.
Tal vez, en el fondo, el cronopio no entiende que los famas no escriben cosas tan tontas como una carta ni pierden su tiempo leyendo nimiedades; tal vez espera que la fama se comporte como cronopio para poder danzar juntos recitando poemas al aire...

A veces la fama se da cuenta de que el cronopio está triste e intenta enmendar su conducta -aunque en realidad no entiende qué es lo que está haciendo mal- y por un día o dos sonríe un poco más. Al tercer día se aburre -o tal vez se le olvida- y vuelve a su estado natural sin mayor preocupación.

Por eso sufre el cronopio: todas las mañanas se levanta con la esperanza de encontrar una carta en el correo porque no entiende que los famas nunca escriben cosas tan tontas como una carta, y peor aún, no entiende que los famas nunca serán cronopios.

***

*Historias de cronopios y de famas por Julio Cortázar

Este es un intertexto original utilizando los personajes que creó Julio Cortázar en sus historias de cronopios y de famas. Dichos personajes podrían haber sido adaptados para fines literarios.

viernes, 15 de febrero de 2013

Páginas

"No sin alguna lógica amargura pienso que las palabras esenciales que me expresan están en esas hojas que no saben quién soy".

-Jorge Luis Borges